Este año se cumplen 100 años desde la publicación del primer trabajo de Teoría de Colas, por parte del ingeniero danés, Agner Krarup Erlang, que trabajaba para la compañía de teléfonos de Copenhague.
La Teoría de Colas es una herramienta matemática que tiende en último término a lograr la maximización de los recursos disponibles para servir a clientes, entendiendo por tales no sólo personas, sino también objetos e información. Los principales campos en los que se aplica son el servicio a clientes, las telecomunicaciones y el transporte terrestre y aéreo.
El explosivo crecimiento de la población mundial acaecido durante el pasado siglo, ha impulsado la racionalización de recursos escasos tendiente al óptimo uso de los mismos. Por otra parte, la masificación del uso de Internet ha significado nuevos desafíos en el transporte de paquetes de información, que, siguiendo el protocolo TCP/IP, deben ser fraccionados en origen, transportados por una multiplicidad de canales y nodos de comunicación y finalmente, reensamblados en destino.
Hoy las colas físicas se manejan con tecnologías crecientemente sofisticadas. Desde el dispensador de números que encontramos en los lugares en que se atiende público según orden de llegada, hasta la asignación de turnos en el uso de ascensores en edificios de última generación, mucha inteligencia se ha orientado a obtener el máximo retorno sobre la capacidad instalada en condiciones de sobreutilización de la misma.
Probablemente, el área que ha concitado más estudio y que cuenta con legiones de especialistas de todo tipo (ingenieros, físicos, matemáticos, estadísticos, etc.) es el tráfico de vehículos motorizados. Sin embargo, pese a las múltiples investigaciones realizadas y a los esfuerzos desplegados para mejorar las condiciones de circulación de los vehículos, lo cierto es que los problemas asociados con la congestión de las vías no disminuyen, sino, por el contrario, se agravan cada vez más.
¿Cómo se explica esto?
En cierto modo es lo mismo que ocurre con la Economía. La teoría económica presupone agentes racionales que se mueven por imperativos no menos racionales tales como relaciones costo/beneficio y así, maximizan utilidades, ahorran, compran y venden, distribuyen de la mejor forma posible recursos escasos, etc. No obstante, también hay que considerar que muchas veces tomamos decisiones estúpidas, que el egoísmo individual generalmente se sobrepone a los intereses de las colectividades y que el miedo siempre subyace al comportamiento de los mercados, los que a menudo operan al borde de la estampida y del sálvese quien pueda.
Así, posiblemente el factor irreductible en los modelos matemáticos de flujos de tráfico, sea el comportamiento primordialmente egoísta de los conductores, que actúa bajo el principio que Garrett Hardin expuso con demoledora claridad y contundencia en “La Tragedia de los Comunes”: el interés por maximizar sin límites el beneficio individual, lleva inexorablemente a la ruina de todos. “Freedom in a commons brings ruin to all”.
Vivimos de espaldas a esa realidad, enfrascados en una lucha estéril por apropiarnos de lo que pertenece a todos. A no dudarlo, la crisis por la que actualmente atraviesa nuestro sistema de libre mercado es una constatación más de lo que Hardin planteara en su lúcido artículo de 1968, porque un sistema que exalta como valores absolutos la libertad individual y la insolidaridad, y que tiene como su motor principal el afán de lucro, necesariamente ha de desembocar en el colapso social, en el bellum omnium contra omnes hobbesiano.
El origen del problema es antiguo, pues sus antecedentes se remontan a la Prehistoria y a nuestra herencia primate. Cuando alguien, movido por la codicia, dijo por pimera vez: “esto es mío”, nació la propiedad privada, y así se fue configurando lo que llevó a Proudhon a decir que “la propiedad es el robo”.
De los utensilios a las mujeres; de la tierra y el ganado al oro; del dinero a las fantasías financieras de nuestro tiempo, mediante las que unos pocos han sumido en la privación a muchos, los hombres han estado disputándose –literalmente, a muerte- los recursos que el planeta provee, movidos por el egoísmo más mezquino y corto de miras, desoyendo las enseñanzas de quienes, como Jesús y el Buda, renunciaron a todo lo material, “pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?”
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